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¿Enfermo? Prepárese para un duro peregrinar

Fidelina Suárez/Colaboración El Aventino//

hospital

Un calor sofocante y desde dentro se viene una mezcla desagradable de olores. Tarjetas van, tarjetas vienen y muchos cargan sillas plásticas y abanicos.

El portero defiende la puerta del hospital Manolo Morales o Roberto Calderón y  se pelea con varios que no tienen tarjeta a la hora de la visita.

Accedo al pasillo y una imagen de la Virgen y otra del Divino Niño parecen invitarte a buscar consuelo.

Voy buscando y de repente, Daniel Ortega y Rosario Murillo medio sonríen desde un afiche pegado a un lado de la puerta de la sala que busco.

Una información rápida de tu paciente. No es hora de visita y puede esperar afuera.

Hasta ese momento entendí el porqué circulaba tanta silla en el hospital, tal como en una fiesta de cumpleaños.

En el hospital Manolo Morales, por lo menos hay una fila de sillas de bus a un lado del pasillo principal pero no dan abasto para tanta gente y por eso, la mayoría prefiere llevarlas.

La silla también es necesaria cuando toca cuidar un paciente en las salas normales porque ahí solo están las camas.

Conocí el caso  de un paciente cuyo familiar tuvo que pasar en el sucio piso porque lo ingresaron en horas de la noche y no sabían que no había donde sentarse.

En horas de la tarde, el sol entra por las ventanas de las salas de los pacientes y todos necesitan con urgencia un abanico.

Algunos en el apuro lo van a comprar al mercado Roberto Huembes que está cerca. A ese lugar acuden al mediodía los acompañantes de los pacientes a comprar su almuerzo.

A un hospital se llega vulnerable, atemorizado, ¿porque a quién no le asusta estar enfermo? Pero eso es solo el comienzo de un largo camino en que paciente y acompañante tendrán que mostrar fortaleza en la adversidad.

El primer acto comienza cuando el enfermo sin expediente, debe pasar inevitablemente por la sección de Emergencia para que lo valoren  y le asignen el área correspondiente.

En esa zona hay de todo: enfermos del corazón, con crisis de hipertensión, baleados en las calles, atropellados por vehículos u otro accidente de tránsito.

Afuera de la Sala de Emergencia, hay una hilera de bancas donde la gente espera y espera. Las cucarachas pasan por los pies de la gente, hay que espantarlas.

Viene una ambulancia y la expectativa de quien llega. Una viejita con la cabeza amarrada. Viene del norte y se queja de dolores abdominales.

La noche es un ir y venir de vehículos de todo tipo entre ambulancias y taxis que buscan clientes.

La gente respira aliviada cuando ya su familiar logra ser admitido en una sala. Si es un paciente en Cuidados Coronarios o Intensivos, el acompañante espera en un pasillo, donde por la noche la gente tiende hasta hamacas.

Cuidados Coronarios para pacientes enfermos del corazón está regularmente aseada.

En las salas normales, hay un esfuerzo por limpiarlas pero las mechas de los lampazos están negras de tierra y pidiendo a gritos un baño de cloro.

Las “mesas de noche” son unos cajones sarrosos. Unas están sostenidas con cuñas hechas de cajas de leche.

Los médicos hacen un buen trabajo en tanta limitación. Los cardiólogos especialmente se preocupan por sus pacientes y los llevan a hacerse todos los procedimientos que se necesitan y hay en el hospital.

Los hospitales públicos son un mundo aparte. Sólo estando dentro se puede entender la tristeza de la enfermedad y la batalla por adaptarte a ese mundo.

En otra crónica les contaré la experiencia en el Hospital Lenín Fonseca.

 

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