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La visitante inoportuna e inesperada

Fidelina Suárez/Colaboración especial El Aventino//

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Ella está en todos lados. Es un imponderable en la vida pero creo que en los hospitales es donde encuentra gente más vulnerable y lista para emprender el viaje.

En un hospital ves de cerca a la muerte. Me parecía verla agazapada en las puertas de las salas de Cuidados Intensivos y Cuidados Críticos del hospital Lenín Fonseca, un centro de referencia nacional, donde llegan pacientes de todo el país.

Máquinas, tubos, tanques de oxígeno. Cualquier esfuerzo es bueno para ganarle la batalla a la muerte en esas salas, donde ella  puede escoger a su gusto a su próxima víctima.

Durante dos o tres días me tocó presenciar el ritual que precede al paso de esta vida a la otra. No hay horas de visita en esas salas, solo unos cuantos minutos para ver al paciente y preguntar a los médicos por su estado.

No quiere decir que todos mueren. Muchos logran vencer la gravedad de su enfermedad y volver a las salas normales o a su casa.

En esos pasillos se encuentran familiares con cara de tristeza, de angustia y de incertidumbre. A veces esperan de pie con la esperanza que se abra la puerta y por un resquicio ver cómo está su paciente.

Un día vi a tres mujeres y un hombre al borde del llanto después de salir de Cuidados Críticos donde estaba internada la mamá con padecimientos del corazón.

Como dos horas después, escuché llantos a gritos. La mamá de esos cuatro ciudadanos había muerto.

Después de eso, vino una especie de preparación a un espectáculo macabro. De las salas vecinas comenzaron a llegar al pasillo, familiares de pacientes que esperaron hasta que pasó el cuerpo de la fallecida.

Lo cargan en una camilla enrollado por completo en sábanas y los familiares van junto al camillero rumbo a la morgue. En este caso particular, las mujeres iban gritando.

Esa misma tarde, de la Sala de Varones, pasó otro envoltorio. Iba sin compañía rumbo a las gélidas gavetas de la morgue.

En horas de la noche murió un tercero. Estaba aún con los tubos y el oxígeno con que intentaron atrapar la vida.

A esa hora, el paso de un cuerpo es más tétrico y ni se diga de la morgue que está en un sitio con poca luz.

El encargado de la morgue actúa con una naturalidad, tal como si está tratando con seres vivos. Toma los papeles de la defunción, pregunta cuándo será retirado y lo coloca en una gaveta, listo para ser congelado.

Es la otra cara en los hospitales. Vida y muerte enfrentadas en una milenaria lucha.

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