Deportes

Nicaragua y Curazao empatan sin goles

Rafael Medrano / El Aventino

 

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Sin rasguños en las armaduras

Nicaragua ha demostrado ser poseedor de un fútbol enteramente hipnotizador de la retina; en cada encuentro sus talentosos jugadores emiten un haz de luz que ilumina el camino de la Azul y Blanco hacia la Copa Oro. Y en ese sendero se cruzó el seleccionado de Curazao: futbolistas más fuertes, atletas de mayor capacidad física y el plus de la localidad; ese era el nuevo reto de los dirigidos por Henry Duarte, y superarlo sería el macro aliciente de los “pinoleros”.

Los relatores  nicaragüenses y Curazaleños deberían de haber comenzado su narración de la siguiente manera: “¡inician 90 minutos del partido más tedioso y aburrido de la era!”. Sin lugar a dudas esa forma tan singular, estaría a la altura de lo demostrado en el estadio ‘Dr. Antoine Maduro’.

Lo brumoso del partido ni siquiera fue repelido por las melifluas apariciones de Chavarría y los movimientos entre líneas de García. Era un juego de espejos: ambas escuadras buscaban como repeler el peligro que produjera  cada una. Los pelotazos sin criterios invadieron el Coliseo, y las armaduras de los 22 guerreros parecían mostrar defectuosa herrería.

Apariciones del ‘9’

La Azul y Blanco seguía moviendo lateralmente la esférica, y perdido en sus propios desmarques se encontraba  Jorge García: el delantero intentó ser incidente, pero la férrea marcación  de la zaga de Curazao, lo dejó sin ocasiones claras frente a la portería. El ‘9’ siguió vagando en la pradera si  conseguir dar su letal zarpazo a su presa.

No se hicieron daño

Parecía ser de esos partidos claroscuros: por lívidos momentos aparecía una genialidad de Chavarría, un desmarque peligroso del delantero de Curazao, y de pronto,  el bache del mediocampo rompía con el efímero momento de buen futbol. Una angustia monumental golpeaba el espíritu de la poesía futbolística.

Y con firmeza comenzaron a aparecer regates de Chavarría, movimientos de cinturas dignos de comparase con los de lexy panterra, los cuales dejaban descolocado a sus marcadores. Una que otra insinuación poco amorosa de Curazao se hizo presente; muy poco para ganar un partido donde romper la armadura del contrario no está en el libreto. Y luego de un cúmulo eterno de bostezos y estirones de brazos, el gemido del silbato finalizó el partido: uno de esos donde intentar jugar bien al fútbol no da victorias.

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