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Una esperanza incierta

Alba Aburto / El Aventino

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Derechos Reservados, MV CCC

Son las 5 de la mañana y a quien llamaremos Jaimito  de 10 años de edad, despierta solo, en alguna calle de la capital, acostado sobre pedazos de cartón sucios y congelándose por la poca ropa que lleva puesta.

Dos horas ha caminado ya, descalzo, con heridas entre los dedos y la planta del pie, sin comida en el estómago. Sentado en una vieja banca, espera a que sean las 7:30 para poder recoger su respectivo bolsón con más de 100 bolsitas de agua, para luego venderlas en los semáforos.

El reloj marca las 8 en punto y el pequeño, comienza a pegar gritos ‘’El agua a peso y a córdoba’’ dirigiéndose a quienes van de camino al trabajo, mientras avanza; los dueños de camionetas y autos lujosos suben las ventanas de sus vehículos rápidamente y unas cuantas personas en los buses estiran la mano para comprar una bolsa de agua.

Aproximadamente a las 10, el niño tiene unos 65 córdobas, así que se toma un par de minutos para comprar un desayuno, casi almuerzo, que lo mantenga en pie por lo menos hasta las 4 de la tarde.

Bajo los fuertes rayos del sol, pisando el asfalto que se siente como sartén calcinante avanza la esperanza, mientras unas miradas de lastima se compadecen de la criatura, otras humillantes lo atacan, este ya ha logrado vender un poco más de la mitad de su mercancía.

El cielo se está tornando nublado y el esquelético cuerpecito, agradece a su creador, porque al parecer no quemara más su piel, al menos por este día. Un par de horas han pasado y el sonido de su estómago pidiendo alimentos nuevamente, se puede escuchar a más de un metro, pero aún hace falta otro par para que su rutina diaria acabe y pueda comprar su respectiva comida a la que él llama cena.

A unos minutos de terminar con su labor, solo quedan dos bolsas por vender, y debido al cansancio, él mismo decide tomarlas para refrescarse un poco, antes de caminar unos diez kilómetros para ir en busca de una comida digna y posteriormente quedarse en una calle, más o menos a dormir como usualmente lo hace y si tiene suerte, despierta al día siguiente para seguir con su rutina diaria.

Un día más le espera a Jaimito, con la esperanza incierta de un nuevo mañana.

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