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La segunda vez

 

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Por Rafael Medrano

–Rafa, vamos a ir a la inauguración del nuevo estadio -me dijo mi Madre.

–Está bien, Vamos.

Así me di cuenta de que si iría, pensaba que vería el juego por la televisión, sentado en el borde de mi cama, solo y con la cara estirada. Le dije a mi mamá que tendríamos que salir temprano, que el tráfico sería una odisea.

Sería la segunda vez que yo estaría en un estadio de béisbol; la primera fue en el viejo Estadio Nacional. Fui con mi familia era un niño, rondaba los seis años, lo primero que recuerdo de aquel entonces es la entrada al terreno de juego de un indio montando a caballo, -se enfrentaban Bóer y León- la afición rugió, algunos lanzaron gorras y sombreros al aire, una gorra cayó en mi regazo. Salí sin saber mucho de lo que había pasado, pero llevaba una gorra azul puesta. Era feliz.

El día de la inauguración llegó, salimos a las cuatro de la tarde, nos subimos a un taxi. Abrimos las ventanas, el aire acondicionado del vehículo no funcionaba; el calor azotaba, a pocos metros de llegar alcé mis ojos, y ahí estaba el coloso. Una sonrisa se dibujó en mi rostro.

Nos bajamos, unos muchachos de camiseta azul nos pidieron que le mostráramos nuestros boletos, le extendí uno de ellos; me dijeron que fuera al Aceeso ‘C’, fuimos, las filas no eran largas, había policías, guardias de seguridad, fotógrafos y los aficionados.

En ese momento me comenzó a rondar la incertidumbre, cuestiones profesionales: “tengo que cumplir con mi trabajo. Entro, veo, veo muy bien, y luego lo escribo”, me dije. Antes de ingresar levanté mi cabeza para ver la postal del estadio; me dio envidia sus letras azules gigantescas sostenidas en esa bella estructura blanca. “Es una obra de arte”, me dijo un señor que pasaba. Le sonreí, pero me moría de envidia porque el Estadio nacional de fútbol no luce así, ni siquiera se le acerca.

El audio del estadio resonaba, muchos bebían cervezas, otros se sacaban fotos o se la sacaban al coliseo, y unos muy pocos nos sentamos a observar. Me quedé quieto en mi butaca, esperando el momento que entrara Dennis Martínez. Quería verle, pensaba que su rostro mostraría nerviosismo absoluto, que lloraría un poco o mucho. Quería verle lanzar por lo menos una recta, porque nunca lo vi en su plenitud, me conformaría con ese momento.

Él entró, caminó como muchas veces al montículo, alzó sus brazos saludando a los que estábamos en las gradas; nosotros le aplaudimos. Su indumentaria no era la deportiva, parece que esa se quedó guardada en casa; vestía con pantalones color verde marino, camisa blanca y zapatillas negras. Se colocó en la loma, cargó su vieja escopeta como preparando otra gesta de gran envergadura, contorsionó su cuerpo y soltó el brazo: un recta impactó el guante de Janior Montes, lo volvimos a aplaudir, él nos agradecía con sus manos en alto, o no sé si nosotros le agradecíamos a él por ser nuestro compatriota.

Rodeé con mi vista todo el estadio, me pregunté: “Qué hace un enamorado del fútbol acá” pasó algún tiempo, me hacía la misma pregunta, luego nos pusimos de pie, sonó el Himno Nacional, de ahí en adelante el efecto patria hizo lo suyo.

Entonces todos entramos en calor: Elmer Reyes cazó un lanzamiento del pícher taiwanés, la bola viajó hasta sobrepasar la barda. Nicaragua ganaba uno a cero; gritábamos, coreábamos, pero algo nos esperaba. El partido comenzó y se detuvo rápidamente. Primero un fallo en el sistema eléctrico, luego la lluvia.

Ahí llegó el peor enemigo de los eventos deportivos; El aburrimiento, primero el problema eléctrico fue solucionado, luego la lluvia cayó y después cesó. El ritmo del encuentro se tornó soso y Taiwán le dio vuelta al marcador una carrera a dos, perdíamos, los ánimos subían y bajaban. La táctica del sacrificio por parte de la artillería nica no daba resultado y así pasaban los innings, hasta llegar al momento cumbre.

En el octavo Inning Nicaragua empató. Ladeé un poco mi cabeza, alguien agitaba su enorme baso de cerveza, nos mojaba a todos en la hilera; sólo a mí me importaba. Entonces me sentí un poco más en casa: la Ola fue trasladada al estadio Dennis Martínez, era casi perfecta, volvió a llover, esta vez más fuerte, nos refugiamos en la parte techada del coliseo. Entonces el partido fue suspendido. Muchos resoplaron, yo di las gracias.

Salimos por donde entramos, mi madre refunfuñaba por lo sucedido. En un puesto de cervezas un niño recogía las latas, al salir miré hacia a atrás: ahí estaba el coloso, por su hermosura digno portador del nombre de aquel que es llamado “El presidente”. Miré hacia delante: un mar de gente buscaba transporte, otros querían seguir bebiendo, yo deseaba ir a contemplar un poco más el estadio, miré hacia arriba, caían las gotas de agua; era hora de regresar a casa. Volví pensando que mi primera vez fue mejor que la segunda.

 

 

 

 

 

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