Opinión

Conmemorando a nuestros fieles difuntos

Álvaro Ruiz Cruz / Opinión / El Aventino
MVC_9944-e1476328661652.jpg

El día dos de noviembre, la Iglesia y los cementerios se llenan de flores. Es día de los difuntos. Es una celebración que subraya nuestra unión con la iglesia purgante, cuando imploramos Misericordia de Dios para con las almas del purgatorio. El día de los difuntos hay un gran negocio de la sociedad materialista de consumo con la venta de flores. Cuando voy al cementerio y veo flores digo-todavía se acuerdan. Cuando veo a alguien llorando digo- todavía lo aman. Pero cuando veo lágrimas y flores y no veo oraciones digo: no tienen fe.

Es necesario que exista el día del recuerdo y la ayuda a nuestros hermanos y familiares difuntos, tan queridos y a quienes estamos tan obligados. “Tus hijos ausentes no te olvidan, se lee en muchos sepulcros ¡cuánta mentira en ellos a veces! Hay cementerios que no son visitados ni ese día.

El recuerdo de algunos hijos que tienen dinero llega a comprar un ramo de flores y envían a su trabajador a que le pongan en el sepulcro de la familia. Las flores y las lágrimas de nada vale a los muertos, ni tampoco las velas que le encendamos, son consuelo para los vivos. San Agustín dice: que las flores en el sepulcro son señal que los vivos todavía nos acordamos de ellos. Las lágrimas son señal que todavía persiste el amor. Las oraciones son señal de que hay fe.

Qué pronto nos olvidamos de nuestros seres difuntos… “Qué sólo nos dejan los muertos…” Creo que mejor se podría decir: “Qué solos dejamos a los muertos” decía un recordado jesuita. La única ayuda que podemos prestar a nuestros seres difuntos es la oración y la limosna. Creo en la comunión de los Santos… por esa unión podemos interceder ante Dios por ellos. El cuerpo místico nos hace junto con ellos miembro del mismo cuerpo”.

Por qué si morimos, morimos para nacer. Filosofaba Platón “filosofar es aprender a morir”. Porque la muerte es la entrada a la vida que dura para siempre. “El hombre brota como una flor y se marchita, huye como una sombra y no subsiste. Mi redentor vive y después que mi piel se desprenda de mi carne en mi carne contemplaré a Dios. Yo lo veré, lo verán mis ojos” (Job 19,23- 27).

Nuestra misión en este mundo es de paso. No tenemos ciudad permanente. Instalarnos es olvidar la provisionalidad de nuestra vida y de nuestra misión. El instalado almacena demasiadas cosas inútiles. Casa de rico es un escaparate de cosas bellas, pero en el fondo inútil. Es curioso de cuantas cosas presidiéramos, cuando tenemos que mudar de domicilio.

El Señor nos quiere viajeros.

Él fue gran viajero vino del cielo a la tierra trayendo sólo su divinidad. Regresó de la tierra al cielo desnudo de todo menos de su humanidad santísima. Desnudos vinimos al mundo y desnudos saldremos de él.

“Muero como el sol que se opone” ¿A quién se le ocurre llorar cuando se opone el sol y la oscuridad y la noche nos cubre? Sabemos que dentro de pocas horas el sol, volverá a salir más bello porque es más deseado después de la noche todos los días acaba en la negrura de la noche, de las melodías, el silencio, las fiestas, el cansancio, después del silencio aparecerá el nuevo día lleno de cantares con los Ángeles y el descanso eterno.

“La vida nos ha sido dada para buscar a Dios. La muerte para encontrarlo. La eternidad para poseerlo. P Alberto Hurtado S.J.

Anuncios

Categorías:Opinión

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s